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El Mito de las tribus perdidas de Israel

5276006_orig   Las tribus perdidas de Israel Existe la idea popular, casi universal, de que en el tiempo de la cautividad babilónica, diez de las doce tribus resultaron totalmente perdidas, y que sólo fue posible convocar a dos de las tribus para que regresaran a Palestina, tras cumplirse los setenta años. Tan arraigada está esa idea, que casi todos comprenden al instante la expresión “las diez tribus perdidas”. No inquiriremos en cómo se llegó a esa noción, sino que nos bastará con aceptar lo que la Biblia tiene que decir acerca del tema de los israelitas supuestamente perdidos. Judá e Israel Ante todo, será bueno señalar un error común al respecto de “Judá” e “Israel”. Cuando se dividió el reino, tras la muerte de Salomón, la parte del sur compuesta por las tribus de Judá y Benjamín, vino a conocerse como el reino de Judá, del que Jerusalén era la capital; mientras que la parte del norte, compuesta por el resto de las tribus, vino a conocerse como el reino de Israel, con su centro en Samaria. Ese reino del norte fue el primero en ser tomado cautivo, y las tribus que lo componen son las supuestamente perdidas. El error consiste en suponer que “judíos” se limita al pueblo del reino del sur, es decir, a las tribus de Judá y Benjamín, y que “israelitas” significa sólo las tribus que componían el reino del norte, las supuestamente perdidas. Según esa especulación, el pueblo generalmente conocido como Judío, es el formado por las tribus de Judá y Benjamín; asimismo, en la imaginación especulativa de algunos teólogos, algunos pueblos de hoy constituyen los Israelitas, es decir, “las diez tribus perdidas” (que aparecen por fin). Carácter versus nacionalidad Es fácil descubrir cuál fue el origen de esa teoría. Se basó en la incomprensión absoluta de las promesas del evangelio. Fue inventada con el objeto de convertir a alguna raza en la heredera de las promesas hechas a Abraham, habiendo perdido de vista que esas promesas abarcaban al mundo entero sin distinción de nacionalidad, y que “Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que lo teme y hace justicia” (Hech. 10:34 y 35). Si el hombre hubiera comprendido que “un verdadero israelita” es aquel “en quien no hay engaño” (Juan 1:47), se habría dado cuenta de cuán insensata es la suposición de que por depravadas e incrédulas que sean las personas, son israelitas simplemente por formar parte de cierta nación. Pero sucede que la idea de una iglesia nacional y de una religión nacional es fascinante, ya que a muchos les parece extremadamente placentera la idea de poder ser salvos en masas -al margen del carácter de cada uno-, en lugar de serlo según la fe y la rectitud individuales. Distinciones sin fundamento bíblico Unos pocos textos de la Escritura bastarán para demostrar que los términos “judío” e “israelita” se usan de forma equivalente, y que se aplican indistintamente a la misma persona. Por ejemplo, en Esther 2:5 leemos que “En Susa, la residencia real, había un judío cuyo nombre era Mardoqueo hijo de Jair hijo de Simei, hijo de Cis, del linaje de Benjamín”. Pero en Rom. 11:1 encontramos la declaración del apóstol Pablo: “Porque yo también soy israelita, descendiente de Abraham, de la tribu de Benjamín”; y el mismo apóstol dijo: “Yo de cierto soy hombre judío de Tarso” (Hech. 21:39). Tenemos ante nosotros a un hombre de la tribu de Benjamín, judío (Mardoqueo), y a otro hombre (Pablo) de la misma tribu, que se declara israelita, y al mismo tiempo judío. Acaz fue uno de los reyes de Judá, y reinó en Jerusalén (2 Rey. 16:1 y 2; Isa. 1:1). Era descendiente de David, y uno de los ancestros de Jesús según la carne (2 Rey. 16:2; Mat. 1:9). Sin embargo, en 2 Crón. 28:19, en relación con la invasión del sur de Judá por parte de los filisteos, leemos que “Jehová había humillado a Judá por causa de Acaz, rey de Israel, por cuanto este había actuado con desenfreno en Judá y había pecado gravemente contra Jehová”. Cuando el apóstol Pablo regresó a Jerusalén después de uno de sus viajes misioneros, “unos judíos de Asia, al verlo en el Templo, alborotaron a toda la multitud y le echaron mano, gritando: -¡Israelitas, ayudad!” (Hech. 21:27 y 28). No es difícil ver cuán lógico y natural resulta eso, teniendo en cuenta que las doce tribus descendieron de un hombre, Jacob –o Israel-. El término “Israel”, es por lo tanto aplicable a todas y cada una de las tribus; mientras que debido a la prominencia de Judá, el término “judío” vino a aplicarse a cualquiera de los hijos de Israel, pertenecieran a la tribu que fuera. Hablando de los pactos, Dios dice: “Estableceré con la casa de Israel y con la casa de Judá un nuevo pacto” (Heb. 8:8), a fin de dejar claro que el nuevo pacto se aplica al pueblo en su totalidad, tal como sucedió con el viejo. Vemos así que el término “judíos” tiene un significado coincidente con el de “israelitas”. Ahora bien, haremos bien en recordar que, estrictamente hablando, “no es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu y no según la letra. La alabanza del tal no viene de los hombres, sino de Dios” (Rom. 2:28 y 29). El recuento de las tribus se ha perdido en el pueblo llamado judío, pero eso no hace diferencia alguna; pueden ser llamados asimismo israelitas con la misma propiedad con que se les puede llamar judíos. Ahora bien, ni uno ni otro términos son estrictamente aplicables a ninguno de ellos, excepto si tienen auténtica fe en Jesucristo; y ambos términos son, en sentido estrictamente bíblico, aplicables a todo aquel que tenga esa fe, sea Inglés, Griego, Venezolano o Chino. Ninguna tribu “perdida” A propósito de las “tribus perdidas”: Tras la cautividad babilónica, las diez tribus no resultaron más perdidas de lo que resultaron las de Judá y Benjamín. Así lo presentan las Escrituras. ¿Cómo puede uno saber que esas dos tribus no se perdieron, que no desaparecieron del escenario? Por la sencilla razón de que encontramos referencias a ellas después de la cautividad; se menciona por nombre a individuos pertenecientes a esas tribus. De idéntica forma podemos saber que las otras tribus existieron de forma tan diferenciada después, como antes de la cautividad. No todo el pueblo de Israel fue llevado a Babilonia; los más pobres y menos prominentes quedaron en su propia tierra. Pero fue llevada la mayoría de todas las tribus, y así, en la proclamación real del final de los setenta años, el permiso para retornar fue de carácter universal, como es fácil ver: “En el primer año de Ciro, rey de Persia, para que se cumpliera la palabra de Jehová anunciada por boca de Jeremías, despertó Jehová el espíritu de Ciro, rey de Persia, el cual hizo pregonar de palabra y también por escrito en todo su reino, este decreto: Así ha dicho Ciro, rey de Persia: Jehová, el Dios de los cielos, me ha dado todos los reinos de la tierra y me ha mandado que le edifique casa en Jerusalén, que está en Judá. Quien de entre vosotros pertenezca a su pueblo, sea Dios con él. Suba a Jerusalén, que está en Judá, y edifique la casa a Jehová, Dios de Israel (él es Dios), la cual está en Jerusalén” (Esdras 1:1-3). El permiso para retornar era ilimitado, sin embargo, no todos, de entre todas las tribus, sacaron provecho de él. No obstante, todas las tribus estaban representadas. Eso no quiere decir que los que permanecieron resultaran necesariamente perdidos. No cabe decir de una familia que se ha “perdido”, debido a que habita en un país extranjero. Posteriormente, Artajerjes escribió a Esdras: “He dado la siguiente orden: Todo aquel que en mi reino pertenezca al pueblo de Israel, a sus sacerdotes y levitas, que quiera ir contigo a Jerusalén, que vaya” (Esdras 7:13). “Todo Israel” representado Inmediatamente después del decreto de Ciro, leemos: “Entonces se levantaron los jefes de las casas paternas de Judá y de Benjamín, los sacerdotes y levitas, todos aquellos a quienes Dios puso en su corazón subir a edificar la casa de Jehová, la cual está en Jerusalén” (Esdras 1:5). Sabemos que se restablecieron los servicios del santuario, y nadie excepto los levitas podía oficiar en él. Leemos en Esdras 3:10-12 que al ser puestos los fundamentos del templo, “se pusieron en pie los sacerdotes, vestidos de sus ropas y con trompetas, y los levitas hijos de Asaf con címbalos, para alabar a Jehová”. Incluso después de la resurrección y ascensión de Cristo, leemos con respecto a Bernabé: “levita, natural de Chipre” (Hech. 4:36). En Lucas 2:36-38 leemos acerca de “Ana, profetisa, hija de Fanuel, de la tribu de Aser”, quien reconoció al Señor en el niño Jesús, “y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención en Jerusalén”. Encontramos aquí a representantes de dos de las diez tribus que se suponen misteriosamente desaparecidas, mencionados por nombre, y habitando en Jerusalén. ¡Ciertamente es imposible calificar a una cosa de “perdida”, cuando se sabe exactamente dónde está! No se nombra de forma específica a las demás tribus; sin embargo, leemos en Esdras 2:70: “Habitaron los sacerdotes, los levitas, los del pueblo, los cantores, los porteros y los sirvientes del Templo en sus ciudades. Todo Israel habitó, pues, en sus ciudades”. Cuando el apóstol Pablo fue llevado ante el tribunal del rey Agripa, dijo: “Ahora, por la esperanza de la promesa que hizo Dios a nuestros padres, soy llamado a juicio; promesa cuyo cumplimiento esperan que han de alcanzar nuestras doce tribus, sirviendo constantemente a Dios de día y de noche” (Hech. 26:6 y 7). Vemos aquí que en los días de Pablo existían las doce tribus, y esperaban en la esperanza del cumplimiento de la promesa que Dios había hecho a los padres. Además, el apóstol Santiago dirigió su epístola “a las doce tribus que están en la dispersión” (Sant. 1:1). Disponemos de evidencia suficiente de que ninguna tribu de Israel se perdió más que alguna otra. Hoy está borrada toda distinción tribal, y ningún judío puede decir a cuál de las doce tribus pertenece, de forma que en ese sentido, no meramente diez, sino todas las tribus están perdidas, si bien todas ellas están representadas en el pueblo judío esparcido por la tierra. Dios, no obstante, lleva el recuento, y en el mundo venidero pondrá a cada uno en su lugar correspondiente, ya que la ciudad que Abraham esperó, la capital de la herencia que se le prometió a él y a su descendencia, la Nueva Jerusalén, tiene doce puertas, y sobre ellas “nombres inscritos, que son los de las doce tribus de los hijos de Israel” (Apoc. 21:12). ¿A quién considera el Señor un israelita? Los últimos dos textos sugieren otro hecho: la distribución por tribus que Dios hace, no es la que hace el hombre. “El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón” (1 Sam. 16:7), y “no es judío el que lo es exteriormente… sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón” (Rom. 2:28 y 29). Todos los salvos entrarán “por las puertas en la ciudad” (Apoc. 22:14), pero cada una de esas puertas tiene inscrito el nombre de una de las doce tribus, mostrando que son los salvos los que componen esas doce tribus de Israel. Eso es también evidente por el hecho de que “Israel” significa vencedor. La epístola de Santiago va dirigida a las doce tribus, sin embargo, no hay un solo cristiano que no sepa que la instrucción y promesas de esa epístola son para él. Y eso nos lleva al hecho de que en realidad, todas las tribus se han perdido, “por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios” (Rom. 3:23). “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isa. 53:6); por lo tanto, cuando vino el Señor Jesús, dijo: “el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Luc. 19:10). Declaró haber sido enviado “a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mat. 15:24) en el preciso instante en que se disponía a ministrar una bendición a una pobre y despreciada mujer cananea, descendiente de aquellos paganos que habitaban la tierra antes de los días de Josué. Hemos encontrado por fin a las tribus perdidas de Israel. No sólo se perdieron diez de ellas, sino todas y cada una; tan completamente se perdieron, que su única esperanza de salvación radica en la muerte y resurrección de Cristo. Es en esa condición en la que nosotros nos encontramos, por lo tanto podemos leer con deleite aquello que nos pertenece: las promesas referentes a la reunión de Israel, que será nuestro objeto de estudio en el próxim o post.

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