El Camino Consagrado a la Perfección Cristiana (A. T. Jones) Caps 1-6

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 El Camino consagrado a la perfección cristiana

 

Versión Original con notas, anotaciones y comentarios de A. T Jones, E. J. Waggoner y E. G. White.

Recopiladas por John García

 

El Camino consagrado a la perfección cristiana

(A.T. Jones)

 

Introducción (Sab 21 de abril).

  1. Un sacerdote tal (Sab 21 de abril).
  2. Cristo: Dios (Sab 28 de abril).
  3. Cristo: hombre (Sab 05 de mayo).
  4. Él también participó de lo mismo (Sab 05 de mayo).
  5. Hecho súbdito a la ley (Sab 12 de mayo).
  6. Hecho de mujer (Sab 19 de mayo).
  7. La ley de la herencia (Sab 26 de mayo).
  8. En todo semejante (Sab 2 de junio).
  9. Calificaciones adicionales de nuestro Sumo sacerdote (Sab 9 de junio).
  10. La suma(Sab 9 de junio).
  11. Y yo habitaré entre ellos(Sab 16 de junio).
  12. Perfección(Sab 23 de junio).
  13. La prevaricación y la abominación desoladora(Sab 30 de junio).
  14. Entonces el misterio de Dios será consumado(Sab 7 de julio).
  15. La purificación del santuario(Sab 14 de julio).
  16. El tiempo del refrigerio(Sab 21 de julio).
  17. Conclusión(Sab 21 de julio).

 

Prefacio

El Apóstol Pablo dijo que Cristo no podía aparecer en su segunda venida hasta tanto no “venga la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición” (2 Tes 2.3). Este poder haría su obra blasfema mostrando al mundo terrenal cuál era el plan y el reino del diablo en su máxima expresión.

Sabemos que esa apostasía vino al siglo IV y se desarrolló hasta el siglo VI cuando dio como resultado a este hombre de pecado (hombre de la transgresión de la ley) que se sentó en el templo de Dios (la iglesia) diciendo ser Dios durante 1260 años dominó con despotismo a la cristiandad imponiendo sus blasfemias e idolatrías. Este poder se aseguró que sus doctrinas y engaños sobre la ley de Dios se incorporaran, se impusieran, y que todos se acostumbraran a sus iniquidades. Debido a este error miles y millones de almas descendieron a la tumba perdidos en su error e ignorancia. El Señor había dicho que “si aquellos días no fuesen acortados, nadie sería salvo; más por causa de los escogidos, aquellos días serán acortados[1], por lo tanto, Dios levantó profetas y doctores para iluminar y acortar los días de engaño, de modo que conociendo la verdad pudiesen ser libres del error y habilitados para ser salvos por la fe. El Doctor Martín Lutero fue uno de esos levantados por Dios que sacaron a la iglesia del desierto del error y engaño en que se encontraban. Y desde allí multitudes de siervos y obreros trajeron días más hermosos para la iglesia de Cristo. Sin embargo, aún tenían en su fe, doctrina y prácticas reliquias del romanismo, es decir, aún tenían restos de catolicismo que los hacían adorar a Dios, pero no en completa verdad y santificación.

Jesús dijo por boca de Pablo: “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (Heb 12.14). Si no alcanzamos la santidad requerida por el Señor no seremos salvos ni podremos verle. Pero la santidad no se refiere a los sentimientos, emociones o arrobamientos, sino a la obediencia a la verdad: “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad”. De modo que mientras la iglesia recién sacada de las garras del romanismo tuviese restos de los errores católicos no podía ser santificada completamente y por tanto aún no estaba preparada para afrontar el día del juicio final y la 2da Venida de Cristo. Es por esto por lo que Dios le envía el mensaje de los tres ángeles para advertirle que ha comenzado en el juicio a los santos, a la iglesia, a la casa de Dios y que debe estar a la altura de la norma del juicio para poder ser declarada justa o justificada como dice Jesús en Mateo 12. Es claro de Apocalipsis 14.6-12 que la norma del juicio y objetivo de la salvación es que la iglesia “guarde los mandamientos de Dios y la fe de Jesús” y es la norma del juicio. Y es claro que solo si se escucha y obedece el mensaje de cada uno de los tres ángeles, estaremos preparados para afrontar el juicio.

Desde 1840 hasta 1844 Se comenzó a proclamar con poder la llegada del juicio celestial a favor de los santos advirtiendo a todos los cristianos a prepararse para comparecer ante el tribunal de Cristo. Un grupo de cristianos aceptó y otro no. Los que no aceptaron lo hicieron por aferrarse a los errores papales y paganos que conservaban en sus credos y de ellos dice la Biblia que cayeron al convertirse en hijas de Babilonia por aferrarse al vino de Babilonia (Apoc 14.8). Es así como en 1844 comenzó a predicarse el mensaje del segundo ángel que llamaba a los fieles a salir de la comunión con Babilonia hijas. Desde 1844 hasta 1848 el remanente fiel (llamado adventista para ese entonces) comenzó y libró una batalla para purificarse del resto del vino de Babilonia que contenían en sus doctrinas y que le impedían santificarse en la verdad pura de la Biblia. Y es por eso por lo que logran entender las verdades contenidas en el mensaje del tercer ángel al identificar la bestia como el papa, y la vigencia del cuarto mandamiento de la ley de Dios contenida en el arca del testamento o arca del pacto del santuario celestial donde se lleva a cabo el sacerdocio de Cristo y el juicio. Es así como ese mensaje del tercer ángel comprendido se convierte en el mensaje del sellamiento que coloca sobre la frente de los fieles el sello de Dios que es “un afianzamiento en la verdad, tanto intelectual como espiritualmente, de modo que los sellados son inconmovibles”[2].

El afianzarse inconmoviblemente en todas las verdades de los tres ángeles de forma intelectual y espiritual es el sello del Dios vivo. De modo que los adventistas ahora del séptimo día salen de 1848 proclamando el mensaje del tercer ángel, los mandamientos de Dios, el mensaje del sellamiento a todo el mundo. Ya con esas verdades puras se estaba preparando al remanente para subsistir en el juicio de Dios. Sin embargo, los mensajeros adventistas del séptimo día se desenfocaron. Así lo dice un testigo:

 

“El mensaje del tercer ángel es la proclamación de los mandamientos de Dios y la fe de Cristo Jesús. Los mandamientos de Dios han sido proclamados, pero la justicia de Jesús, dándole igual importancia, no ha sido presentada por los adventistas del séptimo día, haciendo que la ley y el Evangelio vayan de la mano. No puedo hallar palabras para presentar este tema en toda su plenitud.” (Mensajes Selectos, tomo 3, p. 195).

 

Dada esa condición del pueblo adventista Dios hizo algo para que
tuviésemos el mensaje de la verdad pura y completa que nos capacitase
para enfrentar el juicio:

 

En su gran misericordia el Señor envió un preciosísimo mensaje a su pueblo por medio de los pastores [E. J.] Waggoner y [A.T.] Jones. Este mensaje tenía que presentar en forma más destacada ante el mundo al sublime Salvador, el sacrificio por los pecados del mundo entero. Presentaba la justificación por la fe en el Garante; invitaba a la gente a recibir la justicia de Cristo, que se manifiesta en la obediencia a todos los mandamientos de Dios” (Testimonios Para los Ministros, p. 91-92).

 

Notemos que solo si recibimos la justicia de Cristo, es que podremos
“obedecer todos los mandamientos de Dios”. Y ¿cuál es la relación entre la justicia de Cristo y la fe de Jesús?

 

“La fe de Jesús”. Se habla de ella, pero no ha sido entendida. ¿Qué cosa constituye la fe de Jesús, que pertenece al mensaje del tercer ángel? Jesús convertido en el ser que lleva nuestros pecados para llegar a ser el Salvador que perdona el pecado. Él fue tratado como nosotros merecemos ser tratados. Vino a nuestro mundo y llevó nuestros pecados para que nosotros pudiéramos llevar su justicia. Y la fe en la capacidad de Cristo para salvarnos en forma amplia, completa y total, es la fe de Jesús (Mensajes Selectos, tomo 3, p. 195).

 

La Fe de muchos cristianos es que el poder de Cristo solo nos puede
perdonar los pecados y nada más. Pero la fe de Jesús es que la justicia de
Cristo nos salva de forma amplia, completa y total, no solo nos perdona
sino que nos capacita para salvarnos del poder del pecado en nuestras vidas y nos libera de todo pecado. Por eso, ese mensaje dado a estos mensajeros debía capacitar al remanente de Dios a guardar los mandamientos por la fe de Jesús. Si usted no conoce, ni experimenta ni se afianza intelectual y espiritualmente en este mensaje NO será salvo en esta generación. Es nuestro deseo que conozcamos de forma original el mensaje de 1888 por el estudio de la escuela sabática de este cuatrimestre.

 

Sinceramente,

John García

 

Introducción

Cristo -el Salvador- se nos revela en sus tres oficios: profeta, sacerdote y rey.

En los días de Moisés se escribió de Cristo en tanto que profeta: “Les suscitaré un Profeta de entre sus hermanos, como tú, y pondré mis palabras en su boca. Y él les hablará todo lo que yo le mande. Y al que no escuche mis palabras que ese Profeta hable en mi Nombre, yo le pediré cuenta”. (Deut. 18:18-19). Esta idea sigue presente a lo largo de las Escrituras, hasta su venida.

En tanto que sacerdote, en los días de David se escribió de Cristo: “Juró Jehová, y no se arrepentirá: ‘Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melchisedech’” (Sal. 110:4). Esa idea continúa presente en las Escrituras, no solamente hasta su venida, sino hasta después de ella.

Y de Cristo en tanto que rey, se escribió en tiempos de David: “Yo empero he puesto [ungido] mi rey sobre Sión, monte de mi santidad” (Sal. 2:6). Y esa noción perduró igualmente en las Escrituras posteriores, hasta su venida, después de ella y hasta el mismo fin del sagrado Libro.

De manera que las Escrituras presentan claramente a Cristo en los tres oficios: profeta, sacerdote y rey.

Esta triple verdad es ampliamente reconocida por todos cuantos están familiarizados con las Escrituras; pero en relación con ella, hay una verdad que no resulta ser tan bien conocida: que Cristo no es las tres cosas a la vez. Los tres oficios son sucesivos. Primeramente, es profeta, después es sacerdote, y luego rey.

Fue “el profeta” cuando vino al mundo como Maestro enviado por Dios, el Verbo hecho carne y morando entre nosotros, “lleno de gracia y de verdad” (Hech. 3:19-23). Pero entonces no era sacerdote, ni lo hubiera sido de haber permanecido en la tierra, ya que está escrito: “Si estuviese sobre la tierra, ni aun sería sacerdote” (Heb. 8:4). Pero habiendo terminado la labor en su obra profética sobre la tierra, y habiendo ascendido al cielo a la diestra del trono de Dios, es ahora y allí nuestro “sumo sacerdote”, quien está “viviendo siempre para interceder por ellos [nosotros]”, y leemos: “Él edificará el templo de Jehová, y él llevará gloria, y se sentará y dominará en su trono, y será sacerdote en su solio; y consejo de paz será entre ambos a dos” (Zac. 6:12-13).

De igual manera que no era sacerdote mientras estaba en la tierra como profeta, ahora tampoco es rey en el cielo a la vez que sacerdote. Es cierto que reina, en el sentido y por el hecho de estar sentado en el trono del Padre, siendo así el sacerdote real y el rey sacerdotal según el orden de Melchisedech, quien, aunque sacerdote del Dios Altísimo, era también rey de Salem, es decir: rey de paz (Heb. 7:1-2). Pero ese no es el oficio de rey ni el trono al que se refiere y contempla la profecía y la promesa, cuando hace mención de su función específica de rey.

La función específica de rey a que hacen referencia la profecía y la promesa consiste en que él reinará sobre “el trono de David su padre”, perpetuando el reino de Dios en la tierra. Ese oficio real es la restauración de la perpetuidad de la diadema, corona y trono de David, en Cristo. La diadema, corona y trono de David fueron interrumpidos cuando, a causa de la profanación y maldad del pueblo de Judá e Israel, estos fueron llevados cautivos a Babilonia, momento en el que se hizo la declaración: “Y tú, profano e impío príncipe de Israel, cuyo día vino en el tiempo de la consumación de la maldad; así ha dicho el Señor Jehová: Depón la tiara, quita la corona: esta no será más esta: al bajo alzaré, y al alto abatiré. Del revés, del revés, del revés la tornaré; y no será esta más, hasta que venga aquel cuyo es el derecho, y se la entregaré” (Ezequiel 21:25-27).

De esa forma y en ese tiempo, el trono, corona y diadema del reino de David quedaron interrumpidos “hasta que venga aquel cuyo es el derecho”: entonces le serán entregados. Aquel que posee el derecho no es otro que Cristo, “el hijo de David”. Y ese “hasta que venga” no es su primera venida, en su humillación, como varón de dolores experimentado en quebranto; sino la segunda, cuando venga en gloria como “Rey de reyes y Señor de señores”, cuando su reino desmenuce y consuma todos los reinos de la tierra, ocupando la totalidad de ella y permaneciendo para siempre.

Es cierto que cuando el bebé de Belén nació al mundo, nos nació un rey, y fue y ha sido ya rey para siempre y por derecho propio. Pero es igualmente cierto que ese oficio real, diadema, corona y trono de la profecía y de la promesa, no los tomó entonces, ni los ha tomado todavía, ni los tomará hasta que venga otra vez. Será entonces cuando tome sobre sí mismo el poder en la tierra, y reinará plena y verdaderamente en todo el esplendor de su gloria y función regia. Porque en las Escrituras se especifica que después que “el Juez se sentó y los libros se abrieron”, “he aquí… como un hijo de hombre que venía y llegó hasta el Anciano de grande edad… y le fue dado señorío, y gloria, y reino; y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron; su señorío, señorío eterno, que no será transitorio, y su reino que no se corromperá” (Dan. 7:13-14). Es entonces cuando poseerá verdaderamente “el trono de David su padre: y reinará en la casa de Jacob por siempre; y de su reino no habrá fin” (Luc. 1:32-33).

Resulta pues evidente por la consideración de las Escrituras -de la promesa y de la profecía- en relación con sus tres oficios de profeta, sacerdote y rey, que se trata de oficios sucesivos. No son simultáneos; no ocurren al mismo tiempo; ni siquiera dos de los tres. Primeramente, vino como profetaActualmente es el sacerdote. Y será el rey cuando regrese. Terminó su obra como profeta antes de ser sacerdote, y terminará su obra como sacerdote antes de venir como rey.

 

Y debemos considerarlo precisamente de la forma en que fue, es y será. Dicho de otro modo: cuando estuvo en el mundo en tanto que profeta, así es como se lo debía considerar. Así es también como debemos contemplarlo nosotros en aquel período. En aquel momento no debían -ni debemos- considerarlo como sacerdote. No como sacerdote durante ese período, por la sencilla razón de que no era sacerdote mientras estuvo en la tierra.

Pero pasada esa fase se hizo sacerdote. Eso es ahora. Es tan ciertamente sacerdote en la actualidad, como fue profeta cuando estuvo en la tierra. Y en su oficio y obra de sacerdote debemos considerarlo tan ciertamente, tan cuidadosa y continuamente en tanto que tal sacerdote, como debían y debemos considerarlo en su oficio de profeta mientras estuvo en la tierra.

Cuando vuelva de nuevo en su gloria y en la majestad de su reino en el trono de David su padre, entonces lo consideraremos como rey, que es lo que en toda justicia será. Pero no es hasta entonces cuando podremos considerarlo verdaderamente en su oficio real, en el pleno sentido de lo que implica su realeza.

En tanto que rey podemos hoy contemplarlo solamente como aquello que va a ser. En tanto que profeta, como lo que ya fue. Pero en su sacerdocio, debemos hoy considerarlo como lo que es ahora, ya que eso es exactamente lo que es. Es el único oficio en el que se manifiesta actualmente; y es ese precisamente, y no otro, el oficio en el que podemos considerar su obra y persona.

No es simplemente que esos tres oficios de profeta, sacerdote y rey sean sucesivos, sino que además lo son con un propósito. Y con un propósito vinculado a ese preciso orden de sucesión en que se dan: profeta, sacerdote y rey. Su función como profeta fue preparatoria y esencial para su función como sacerdote. Y sus funciones de profeta y sacerdote, en ese orden, son preparatorias para su función de rey.

Es esencial que lo consideremos en sus oficios por el debido orden.

Debemos contemplarlo en su papel de profeta, no solamente a fin de poder aprender de quien se dijo: “Nunca ha hablado hombre, así como este hombre”, sino también para poder comprenderlo adecuadamente en su oficio de sacerdote.

Y debemos considerarlo en su oficio de sacerdote, no solamente para que podamos recibir el infinito beneficio de su sacerdocio, sino también a fin de estar preparados para lo que hemos de ser. Porque está escrito: “Serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años” (Apoc. 20:6).

Y habiéndolo considerado en su oficio de profeta en preparación para considerarlo apropiadamente en su oficio de sacerdote, es esencial que lo consideremos en su oficio de sacerdote a fin de estar capacitados para apreciarlo como rey; esto es, para poder estar allí, reinando con él. Se afirma de nosotros: “Tomarán el reino los santos del Altísimo, y poseerán el reino hasta el siglo, y hasta el siglo de los siglos”, y “reinarán para siempre jamás” (Dan. 7:18; Apoc. 22:5).

Dado que el sacerdocio es precisamente el oficio y obra de Cristo, y que desde su ascensión al cielo ha venido siendo así, Cristo en su sacerdocio es el supremo motivo de estudio para todos, especialmente para los cristianos.

 

Un sacerdote tal

“Así que, la suma acerca de lo dicho es: Tenemos tal pontífice que se asentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos; ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que el Señor asentó, y no hombre” (Heb. 8:1 y 2).

Esta es “la suma” o esencia del sumo sacerdocio de Cristo, tal como presentan los primeros siete capítulos de hebreos. Dicha “suma” o conclusión no es simplemente el hecho de que tengamos un sumo sacerdote, sino específicamente que tenemos un tal sumo sacerdote. “Tal” significa “de cierta clase o tipo”, “de unas características tales”, “que es como se ha mencionado o especificado previamente, no diferente o de otro tipo”.

Es decir, en lo que precede (los primeros siete capítulos de la epístola a los hebreos) debe haber especificado ciertas cosas en relación con Cristo en tanto que sumo sacerdote, ciertas calificaciones por las que fue constituido sumo sacerdote, o ciertas cosas que le conciernen como sumo sacerdote, que quedan asumidas en esta afirmación: “Así que, la suma acerca de lo dicho es: Tenemos un tal sumo sacerdote”.

Para comprender esta escritura, para captar el verdadero alcance e implicaciones de tener “un sumo sacerdote tal”, es pues necesario examinar las partes anteriores de la epístola. La totalidad del capítulo séptimo está dedicada al estudio de ese sacerdocio. El capítulo sexto concluye con la idea de su sacerdocio. El quinto está dedicado casi íntegramente a lo mismo. El cuarto termina con él; y el cuarto capítulo no es sino una continuación del tercero, que empieza con una exhortación a “considerar el Apóstol y Pontífice [sumo sacerdote] de nuestra profesión, Cristo Jesús”. Y eso, como conclusión de lo que se ha expuesto con anterioridad. El segundo capítulo termina con la idea de Cristo en tanto que “misericordioso y fiel Pontífice”, y una vez más, también a modo de conclusión de cuanto lo ha precedido en los primeros dos capítulos, ya que, aunque haya dos capítulos, el tema es el mismo.

Lo comentado muestra claramente que por sobre cualquier otro, el gran tema de los primeros siete capítulos de hebreos es el sacerdocio de Cristo; y que las verdades allí enunciadas, sea en una u otra forma, no son más que diferentes presentaciones de esta gran verdad de su sacerdocio, resumido todo ello en las palabras: “tenemos tal pontífice”.

Por lo tanto, habiendo descubierto la verdadera importancia y trascendencia de la expresión “tenemos tal pontífice”, lo que procede es comenzar desde el mismo principio, desde las primeras palabras del libro de Hebreos, y mantener presente la idea hasta llegar a “la suma acerca de lo dicho”, fijando siempre la atención en que el pensamiento central de todo cuanto se presenta es “tal pontífice”, y que en todo cuanto se dice, el gran propósito es mostrar a la humanidad que “tenemos un sumo sacerdote tal“. Por plenas y ricas que puedan ser las verdades en sí mismas en relación con Cristo, hay que mantener siempre en la mente que esas verdades allí expresadas tienen por objetivo final el mostrar que “tenemos tal pontífice”. Y estudiando esas verdades tal como se nos presentan en la epístola, deben considerarse como subordinadas o tributarias a la gran verdad que se define como “la suma acerca de lo dicho”: que “tenemos tal pontífice”.

En el segundo capítulo de hebreos, como conclusión del argumento presentado, leemos: “Por lo cual, debía ser en todo semejante a los hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel pontífice en lo que es para con Dios”. Aquí se establece que la condescendencia de Cristo, el hacerse semejante a la humanidad, el ser hecho carne y sangre y morar entre los hombres, fueron necesarios a fin de poder “venir a ser misericordioso y fiel pontífice”. Ahora bien, para poder apreciar la magnitud de su condescendencia y cuál es el significado real de su estar en la carne, como hijo de hombre y como hombre, es necesario primeramente saber cuál fue la magnitud de su exaltación como hijo de Dios y como Dios, y ese es el tema del primer capítulo.

La condescendencia de Cristo, su posición y su naturaleza al ser hecho carne en esta tierra, nos son reveladas en el segundo capítulo de hebreos más plenamente que en cualquier otra parte de las Escrituras. Pero eso sucede en el segundo capítulo. El primero le precede. Por lo tanto, la verdad o tema del capítulo primero, es imprescindiblemente necesaria para el segundo. Debe comprenderse plenamente el primer capítulo para poder captar la verdad y concepto expuestos en el segundo.

En el primer capítulo de hebreos, la exaltación, la posición y la naturaleza de Cristo tal cuales eran en el cielo, antes de que viniese al mundo, nos son dadas con mayor plenitud que en cualquier otra parte de la Biblia. De lo anterior se deduce que la comprensión de la posición y la naturaleza de Cristo tal como eran en el cielo, resulta esencial para comprender su posición y naturaleza tal como fue en la tierra. Y puesto que “debía ser en todo” tal cual fue en la tierra, “para venir a ser misericordioso y fiel pontífice”, es esencial conocerlo tal cual fue en el cielo. Esto es así ya que una cosa precede a la otra, constituyendo, por lo tanto, parte esencial de la evidencia que resume la expresión “tenemos tal sumo sacerdote”

 

  1. Cristo: Dios

¿Cuál es, pues, la consideración con respecto a Cristo, en el primer capítulo de hebreos?

Primeramente, se presenta a “Dios” el Padre como quien habla al hombre. Como Aquel que habló “en otro tiempo a los padres, por los profetas”, y como el que “en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo”.

Así nos es presentado Cristo, el Hijo de Dios. Luego se dice de Cristo y del Padre: “al cual [el Padre] constituyó heredero de todo, por el cual [el Padre, por medio de Cristo] asimismo hizo el universo”. Así, previamente a su presentación, y a nuestra consideración como sumo sacerdote, Cristo el Hijo de Dios se nos presenta siendo con Dios el creador[3], y como el Verbo o Palabra activa y vivificante: “por el cual, asimismo, hizo el universo”.

A continuación, del propio Hijo de Dios, leemos: “el cual, siendo el resplandor de su gloria [la de Dios], y la misma imagen de su sustancia [la sustancia de Dios], y sustentando todas las cosas con la palabra de su potencia, habiendo hecho la purgación de nuestros pecados por sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas”.

La conclusión es que, en el cielo, la naturaleza de Cristo era la naturaleza de Dios. Que él, en su persona, en su sustancia, es la misma imagen, el mismo carácter de la sustancia de Dios. Equivale a decir que, en el cielo, de la forma en que existía antes de venir a este mundo, la naturaleza de Cristo era la naturaleza de Dios en su misma sustancia.

Por tanto, se dice de él posteriormente que “hecho tanto más excelente que los ángeles, cuanto alcanzó por herencia más excelente nombre que ellos”. Ese nombre más excelente es el nombre “Dios”[4], que en el versículo octavo el Padre da al Hijo: “(más al Hijo): tu trono, oh Dios, por el siglo de siglo”.

Así, es tanto más excelente que los ángeles, cuanto lo es Dios en comparación con ellos. Y es por eso que él tiene más excelente nombre. Nombre que no expresa otra cosa que lo que él es, en su misma naturaleza.

Y ese nombre lo tiene “por herencia”. No es un nombre que le sea otorgado, sino que lo hereda[5].

Está en la naturaleza de las cosas, como verdad eterna, que el único nombre que una persona puede heredar es el nombre de su padre. Ese nombre de Cristo, ese que es más excelente que los ángeles, no es otro que el de su Padre, y el nombre de su Padre es Dios. El nombre del Hijo, por lo tanto, el que le pertenece por herencia, es Dios. Y ese nombre, que es más excelente que el de los ángeles, le es apropiado, ya que él es “tanto más excelente que los ángeles”. Ese nombre es Dios, y es “tanto más excelente que los ángeles” como lo es Dios con respecto a ellos.

A continuación, se pasa a considerar su posición y naturaleza, tanto más excelente que la de los ángeles: “Porque ¿a cuál de los ángeles dijo Dios jamás: Mi Hijo eres tú, hoy yo te he engendrado? Y otra vez: Yo seré a él Padre, y él me será a mí Hijo?”[6] Eso abunda en el concepto referido en el versículo anterior, a propósito de su nombre más excelente; ya que él, siendo el Hijo de Dios -siendo Dios su Padre[7]– lleva “por herencia” el nombre de su Padre, que es Dios: y en cuanto que sea tanto más excelente que el nombre de los ángeles, lo es en la medida en que Dios lo es más que ellos.

Se insiste todavía más, en términos como estos: “Y otra vez, cuando introduce al Primogénito en la tierra, dice: Y adórenle todos los ángeles de Dios”. Así, es tanto más excelente que los ángeles cuanto que es adorado por ellos, y esto último, por expresa voluntad divina, debido a que, en su naturaleza, él es Dios.

Nuevamente se abunda en el marcado contraste entre Cristo y los ángeles: “Y ciertamente de los ángeles dice: El que hace a sus ángeles espíritus, y a sus ministros llama de fuego. Mas al Hijo: Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo”.

Y continúa: “Vara de equidad la vara de tu reino; has amado la justicia y aborrecido la maldad; por lo cual te ungió Dios, el Dios tuyo, con óleo de alegría más que a tus compañeros”.

Dice el Padre, hablando del Hijo: “Tú, oh Señor, en el principio fundaste la tierra, y los cielos son obras de tus manos. Ellos perecerán, más tú eres permanente; y todos ellos se envejecerán como una vestidura; y como un vestido los envolverás, y serán mudados; empero tú eres el mismo, y tus años no acabarán”.

Nótense los contrastes, y entiéndase en ellos la naturaleza de Cristo. Los cielos perecerán, más él permanece. Los cielos envejecerán, pero sus años no acabarán. Los cielos serán mudados, pero él es el mismo. Eso demuestra que él es Dios: de la naturaleza de Dios.

Aún más contrastes entre Cristo y los ángeles: “¿A cuál de los ángeles dijo jamás: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies? ¿No son todos espíritus administradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de salud?”

Así, en el primer capítulo de hebreos, se revela a Cristo como más exaltado que los ángeles, como Dios. Y como tanto más exaltado que los ángeles como lo es Dios, por la razón de que él es Dios.

Es presentado como Dios, del nombre de Dios, porque es de la naturaleza de Dios. Y su naturaleza es tan enteramente la de Dios, que es la misma imagen de la sustancia de Dios.

Tal es Cristo el Salvador, espíritu de espíritu, y sustancia de sustancia de Dios. Y es esencial reconocer eso en el primer capítulo de hebreos, a fin de comprender cuál es su naturaleza como hombre, en el segundo capítulo.

 

Para profundizar: Estudiar libro “Cristo y su Justicia”, capítulos 1-4, E. J. Waggoner

  1. Cristo: hombre

La identidad de Cristo con Dios, tal como se nos presenta en el primer capítulo de Hebreos, no es sino una introducción que tiene por objeto establecer su identidad con el hombre, tal como se presenta en el segundo.

Su semejanza con Dios, expresada en el primer capítulo de Hebreos, es la única base para la verdadera comprensión de su semejanza con el hombre, tal como se presenta en el segundo capítulo.

Y esa semejanza con Dios, presentada en el primer capítulo de Hebreos, es semejanza, no en el sentido de una simple imagen o representación, sino que es semejanza en el sentido de serrealmente como él en la misma naturaleza, la “misma imagen de su sustancia”, espíritu de espíritu, sustancia de sustancia de Dios.

Se nos presenta lo anterior como condición previa para que podamos comprender su semejanza con el hombre. Es decir: a partir de eso debemos comprender que su semejanza con el hombre no lo es simplemente en la forma, imagen o representación, sino en naturaleza, en la misma sustancia. De no ser así, todo el primer capítulo de Hebreos, con su detallada información, sería al respecto carente de significado y fuera de lugar.

¿Cuál es, pues, esta verdad de Cristo hecho en semejanza de hombre, según el segundo capítulo de Hebreos?

Manteniendo presente la idea principal del primer capítulo, y los primeros cuatro versículos del segundo -los que se refieren a Cristo en contraste con los ángeles: más exaltado que ellos, como Dios-, leemos el quinto versículo del segundo capítulo, donde comienza el contraste de Cristo con los ángeles: un poco menor que los ángeles, como hombre.

Así, leemos: “Porque no sujetó a los ángeles el mundo venidero, del cual hablamos. Testificó empero uno en cierto lugar, diciendo: ¿Qué es el hombre, que te acuerdas de él? ¿O el hijo del hombre, que lo visitas? Tú le hiciste un poco menor que los ángeles, coronástelo de gloria y de honra, y pusístele sobre las obras de tus manos; todas las cosas sujetaste debajo de sus pies. Porque en cuanto le sujetó todas las cosas, nada dejó que no sea sujeto a él; más aún no vemos que todas las cosas le sean sujetas. Empero vemos [a Jesús]”.

Equivale a decir: Dios no ha puesto el mundo venidero en sujeción a los ángeles, sino que lo ha puesto en sujeción al hombre. Pero no el hombre al que originalmente se puso en sujeción, ya que aunque entonces fue así, hoy no vemos tal cosa. El hombre perdió su dominio, y en lugar de tener todas las cosas sujetas bajo sus pies, él mismo está ahora sujeto a la muerte. Y eso por la única razón de que está sujeto al pecado. “El pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, y la muerte así pasó a todos los hombres, pues que todos pecaron” (Rom. 5:12). Está en sujeción a la muerte porque está en sujeción al pecado, ya que la muerte no es otra cosa que la paga del pecado.

Sin embargo, sigue siendo eternamente cierto que no sujetó el mundo venidero a los ángeles sino al hombre, y ahora Jesucristo es el hombre.

Es cierto que actualmente no vemos que las cosas estén sometidas al hombre. En verdad, se perdió el señorío sobre todas las cosas dadas a ese hombre particular. Sin embargo, “vemos… a aquel Jesús“, como hombre, viniendo a recuperar el señorío primero. “Vemos… a aquel Jesús”, como hombre, viniendo para “que todas las cosas le sean sujetas“.

El hombre fue el primer Adán: ese otro Hombre es el postrer Adán. El primero fue hecho un poco menor que los ángeles. Al postrero –Jesús- lo vemos también “hecho un poco menor que los ángeles”.

El primer hombre no permaneció en la situación en la que fue hecho -“menor que los ángeles”-. Perdió eso y descendió todavía más, quedando sujeto al pecado, y en ello sujeto a padecimiento; el padecimiento de muerte.

Y al postrer Adán lo vemos en el mismo lugar, en la misma condición: “…vemos… por el padecimiento de muerte, a aquel Jesús que es hecho un poco menor que los ángeles”. Y “el que santifica y los santificados, DE UNO son todos”.

El que santifica es Jesús. Los que son santificados son personas de todas las naciones, reinos, lenguas y pueblos. Y un hombre santificado, en una nación, reino, lengua o pueblo, constituye la demostración divina de que toda alma de esa nación, reino, lengua o pueblo hubiese podido ser santificada. Y Jesús, habiéndose hecho uno de ellos para poder llevarlos a la gloria, demuestra que es juntamente uno con la humanidad. Él como hombre, y los hombres mismos, “de uno son todos: por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos”.

Por lo tanto, de igual forma que en el cielocomo Dios, era más exaltado que los ángeles; en la tierracomo hombre, fue menor que los ángeles. De igual manera que cuando fue más exaltado que los ángeles, como Dios, él y Dios eran de uno, así también cuando estuvo en la tierra, siendo menor que los ángeles, como hombre, él y el hombre son “de uno“. Es decir, precisamente de igual modo que Jesús y Dios son de uno por lo que respecta a Dios -de un Espíritu, de una naturaleza, de una sustancia-, por lo que respecta al hombre, Cristo y el hombre son “de uno“: de una carne, de una naturaleza, de una sustancia.

La semejanza de Cristo con Dios, y la semejanza de Cristo con el hombre, lo son en sustancia, tanto como en forma. De otra manera, no tendría sentido el primer capítulo de Hebreos, en tanto que introducción del segundo. Carecería de sentido la antítesis presentada entre ambos capítulos. El primer capítulo resultaría vacío de contenido, fuera de lugar, en tanto que introducción del siguiente.

  1. El Participo de lo mismo

El primer capítulo de hebreos muestra que la semejanza de Cristo con Dios no lo es simplemente en la forma o representación, sino también en la propia sustancia; y el segundo capítulo revela con la misma claridad que su semejanza con el hombre no lo es simplemente en la forma o representación, sino en la sustancia misma. Es semejanza con los hombres, tal como estos son en todo respecto, exactamente tal como son. Por lo tanto, está escrito: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios… y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (Juan 1:1-14).

Y que eso se refiere a semejanza al hombre tal como este es en su naturaleza caída –pecaminosa- y no tal como fue en su naturaleza original –impecable-, se constata en el texto: “vemos… por el padecimiento de muerte, a aquel Jesús que es hecho un poco menor que los ángeles”. Por lo tanto, vemos que Jesús fue hecho, en su situación como hombre, de la forma en que el hombre era, cuando este fue sujeto a la muerte.

Por lo tanto, tan ciertamente como vemos a Jesús hecho menor que los ángeles, hasta el padecimiento de muerte, vemos demostrado con ello que, como hombre, Jesús tomó la naturaleza del hombre tal como es este desde que entró la muerte; y no la naturaleza del hombre tal como era antes de ser sujeto a la muerte.

Pero la muerte entró únicamente a causa del pecado: la muerte nunca habría podido entrar, de no haber entrado el pecado. Y vemos a Jesús hecho un poco menor que los ángeles, por el padecimiento de muerte. Por lo tanto, vemos a Jesús hecho en la naturaleza del hombre, como el hombre era desde que este pecó, y no como era antes que el pecado entrase. Lo hizo así para que fuese posible que “gustase la muerte por todos“. Al hacerse hombre, para poder alcanzar al hombre, debía venir al hombre allí donde este está. El hombre está sujeto a la muerte. De manera que Jesús debía hacerse hombre, tal como es este desde que fue sujeto a la muerte.

“Porque convenía que aquel por cuya causa son todas las cosas, y por el cual todas las cosas subsisten, habiendo de llevar a la gloria a muchos hijos, hiciese consumado por aflicciones al autor de la salud de ellos”. Heb. 2:10. Así, haciéndose hombre, convenía que viniese a ser hecho tal como el hombre es. El hombre está sometido a sufrimiento, por lo tanto, convenía que viniese allí donde el hombre está, en sus sufrimientos.

Antes de que el hombre pecase, no estaba en ningún sentido sujeto a sufrimientos. Si Jesús hubiese venido en la naturaleza del hombre tal como este era antes que entrase el pecado, eso no habría sido más que venir en una forma y en una naturaleza en las cuales habría sido imposible para él conocer los sufrimientos del hombre, y por lo tanto no hubiese podido alcanzarlo para salvarlo. Pero dado que “convenía que aquel por cuya causa son todas las cosas, y por el cual todas las cosas subsisten, habiendo de llevar a la gloria a muchos hijos, hiciese consumado por aflicciones al autor de la salud de ellos”, está claro que Jesús, al hacerse hombre, compartió la naturaleza del hombre como este es desde que vino a ser sujeto al sufrimiento, y sufrimiento de muerte, que es la paga del pecado.

Leemos: “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo” (vers. 14). Cristo, en su naturaleza humana, tomó la misma carne y sangre que tienen los hombres. En una sola frase encontramos todas las palabras que cabe emplear para hacer positiva y clara la idea.

Los hijos de los hombres son participantes de carne y sangre; y por eso, él participó de carne y sangre.

Pero eso no es todo: además, participó de la misma carne y sangre de la que son participantes los hijos.

Es decir, participó -de igual manera- de la misma carne y sangre que los hijos.

El Espíritu de la inspiración desea hasta tal punto que esa verdad sea clarificada, destacada y comprensible para todos, que no se contenta con utilizar menos que todas cuantas palabras puedan usarse para hablarnos de ello. Y es así como se declara que tan precisa y ciertamente como “los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo” -de la misma carne y sangre.

Y eso lo hizo para “por la muerte… librar a los que por el temor de la muerte estaban por toda la vida sujetos a servidumbre”. Participó de la misma carne y sangre que nosotros tenemos en la servidumbre al pecado y el temor de la muerte, a fin de poder liberarnos de la servidumbre al pecado y el temor de la muerte.

Así, “el que santifica y los que son santificados, de uno son todos: por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos”.

Esta gran verdad del parentesco de sangre, la hermandad de sangre de Cristo con el hombre, se enseña en el evangelio en Génesis. Cuando Dios hizo su pacto eterno con Abraham, las víctimas de los sacrificios se cortaron en dos trozos, y Dios y Abraham pasaron entre ambas partes (Gén. 15:8-18; Jer. 34:18 y 19; Heb. 7:5 y 9). Por medio de este acto el Señor entraba en el pacto más solemne de los conocidos por los orientales y por toda la humanidad: el pacto de sangre, haciéndose así hermano de sangre de Abraham, una relación que sobrepasa cualquier otra en la vida.

Esta gran verdad del parentesco de sangre de Cristo con el hombre se desarrolla aún más en el evangelio en Levítico. En el evangelio en Levítico encontramos el registro de la ley de la redención –o rescate- del hombre y sus heredades. Cuando alguno de los hijos de Israel había perdido su heredad, o bien si él mismo había venido a ser hecho esclavo, existía provisión para su rescate. Si él era capaz de redimirse, o de redimir su heredad por sí mismo, lo hacía. Pero si no era capaz por sí mismo, entonces el derecho de rescate recaía en su pariente de sangre más próximo. No recaía meramente en algún pariente próximo entre sus hermanos, sino precisamente en aquel que fuese el más próximo en parentesco, con tal que este pudiera (Lev. 25:24-28, 47-49; Ruth 2:20; 3:9, 12 y 13; 4:1-14).

Así, según Génesis y Levítico, se enseñó durante toda esa época lo que encontramos aquí enunciado en el segundo capítulo de Hebreos: la verdad de que el hombre ha perdido su heredad y él mismo está en esclavitud. Y dado que por sí mismo no se puede redimir, ni puede redimir su heredad, el derecho de rescate recae en el pariente más próximo que pueda hacerlo. Y Jesucristo es el único en todo el universo que tiene esa capacidad.

Pero para ser el Redentor debe tener, no sólo el poder, sino también el parentesco de sangre. Y debe ser, no solamente próximo, sino el pariente de sangre más próximo. Así, “por cuanto los hijos” –los hijos del hombre que perdió la heredad– “participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo“. Compartió con nosotros la carne y sangre en su misma sustancia, haciéndose así nuestro pariente más próximo. Por ello puede decirse con respecto a él y a nosotros: “de uno son todos: por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos“.

Pero la Escritura no se detiene aquí, una vez constatada esa verdad capital. Dice más: “Porque ciertamente no tomó a los ángeles, sino a la simiente de Abraham tomó. Por lo cual, debía ser en todo semejante a los hermanos”, siendo hecho él mismo hermano de ellos en la confirmación del pacto eterno.

Y eso lo hizo con un fin: “porque en cuanto él mismo padeció siendo tentadoes poderoso para socorrer a los que son tentados“, ya que se puede “compadecer de nuestras flaquezas“, habiendo sido “tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Heb. 4:15). Habiendo sido hecho en su naturaleza humana, en todas las cosas como nosotros, pudo ser -y fue- tentado en todas las cosas como lo somos nosotros. La única forma en la que él podía ser “tentado en todo según nuestra semejanza” es siendo hecho “en todo semejante a los hermanos”.

Puesto que en su naturaleza humana es uno de nosotros, y puesto que “él mismo tomó nuestras enfermedades” (Mat. 8:17), puede “compadecerse de nuestras enfermedades”. Habiendo sido hecho en todas las cosas como nosotros, cuando fue tentado sintió justamente como sentimos nosotros cuando somos tentados, y lo conoce todo al respecto: y de esa forma es poderoso para auxiliar y salvar plenamente a todos cuantos lo reciben. Dado que en su carne, y como él mismo en la carne, era tan débil como lo somos nosotros, no pudiendo por él mismo “hacer nada” (Juan 5:30), cuando “llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores” (Isa. 53:4) y fue tentado como lo somos nosotros –sintiendo como nosotros sentimos-, por su fe divina lo conquistó todo por el poder de Dios que esa fe le traía, y que en nuestra carne nos ha traído a nosotros.

Por lo tanto “llamarás su nombre Emmanuel, que declarado es: con nosotros Dios”. No solamente Dios con él, sino Dios con nosotros. Dios era con él desde la eternidad, y lo hubiese podido seguir siendo aunque no se hubiera dado por nosotros. Pero el hombre, por el pecado, quedó privado de Dios, y Dios quiso venir de nuevo a nosotros. Por lo tanto, Jesús se hizo “nosotros“, a fin de que Dios con él pudiese venir a ser “Dios con nosotros“. Y ese es su nombre, porque eso es lo que él es. Alabado sea su nombre.

Y esa es “la fe de Jesús”, y su poder. Ese es nuestro Salvador: uno con Dios y uno con el hombre; “en consecuencia, puede también salvar plenamente a los que por él se acercan a Dios”.

  1. “Hecho súbdito a la ley”[8]

 

“Cristo Jesús… siendo en forma de Dios… se anonadó [despojó] a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres” (Fil. 2:5-7). Fue hecho semejante a los hombres, como son los hombres, precisamente donde estos están.

“El Verbo fue hecho carne”. “Participó de lo mismo”, de la misma carne y sangre de la que son participantes los hijos de los hombres, en la condición en la que están desde que el hombre cayera en el pecado. Y así está escrito que “venido el cumplimiento del tiempo, Dios envió su Hijo, hecho… súbdito a la ley [nacido bajo la ley]“.

Estar bajo la ley es ser culpable, condenado, y sujeto a la maldición. Está escrito: “sabemos que todo lo que la ley dice, a los que están bajo la ley lo dice, [para que… todo el mundo aparezca culpable ante el juicio de Dios]. Eso es así “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Rom. 3:19 y 23; 6:14).

Y la culpabilidad de pecado trae la maldición. En Zacarías 5:1-4, el profeta contempló “un rollo que volaba… de veinte codos de largo, y diez codos de ancho”. El Señor le dijo: “esta es la maldición que sale sobre la haz de toda la tierra”. Y ¿cuál es la causa de esa maldición que sale sobre la haz de toda la tierra? Esta: “porque todo aquel que hurta, (como está de la una parte del rollo) será destruido; y todo aquel que jura, (como está de la otra parte del rollo) será destruido”.

El rollo es la ley de Dios. Se cita un mandamiento de cada una de las tablas, mostrando que ambas están incluidas. Todo aquel que roba -que transgrede la ley en lo referente a la segunda tabla- será destruido, de acuerdo con esa parte de la ley; y todo el que jura -transgrede en relación con la primera tabla de la ley- será destruido, de acuerdo con esa parte de la ley.

Los escribanos celestiales no necesitan tomar registro de los pecados particulares de cada uno; es suficiente con anotar en el rollo correspondiente a cada hombre, el mandamiento particular que se ha violado en cada transgresión. Ese rollo de la ley va acompañando a cada uno, allá donde él vaya, hasta permanecer en su misma casa, como demuestran las palabras: “Yo la saqué, dice Jehová de los ejércitos, y vendrá a la casa del ladrón, y a la casa del que jura falsamente en mi nombre; y permanecerá en medio de su casa”.

Y a menos que se encuentre un remedio, ese rollo de la ley permanecerá allí hasta que la maldición consuma a ese hombre y a su casa, “con sus enmaderamientos y sus piedras”, esto es, hasta que la maldición devore la tierra en aquel gran día en que los elementos, ardiendo, serán deshechos. “Ya que el aguijón de la muerte es el pecado”, y la maldición del pecado, “la ley”. (1 Cor. 15:56; Isa. 24:5 y 6; 2 Ped. 3:10-12).

Pero afortunadamente, “Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para redimir a los que estaban bajo la ley” (Gál. 4:4 y 5). Viniendo como lo hizo, trajo redención a toda alma que se encuentra bajo la ley. Pero a fin de traer perfectamente esa redención a quienes están bajo la ley, Él mismo ha de venir a los hombres precisamente en el lugar donde se encuentran, y de la forma en que se encuentran: bajo la ley.

Jesús asumió todo eso, ya que fue “hecho súbdito a la ley”; fue hecho “culpable”[9]; fue hecho condenado por la ley; fue “hecho” tan culpable como lo es todo hombre que está bajo la ley. Fue “hecho” bajo condenación, tan plenamente como lo es todo hombre que ha violado la ley. Fue “hecho” bajo la maldición, tan completamente como lo haya sido o pueda serlo jamás todo hombre en este mundo, “porque maldición de Dios es el colgado [en el madero]” (Deut. 21:23).

La traducción literal del hebreo es como sigue: “aquel que cuelga del madero es la maldición de Dios“. Y esa es precisamente la fuerza del hecho respecto a Cristo, ya que se nos dice que fue “hecho maldición“. Así, cuando fue hecho bajo la ley, fue hecho todo lo que significa estar bajo la ley. Fue hecho culpable; fue hecho condenado; fue hecho maldición.

Pero manténgase siempre presente que todo eso, “fue hecho”. En sí mismo, él no era nada de eso por defecto innato, sino que “fue hecho” todo eso. Y todo cuanto fue hecho, lo fue por nosotros; por nosotros que estamos bajo la ley; por nosotros que estamos bajo la condenación debido a la transgresión de la ley; por nosotros que estamos bajo maldición por haber jurado, mentido, matado, robado, cometido adulterio, y toda otra infracción del rollo de la ley de Dios, ese rollo que va con nosotros y que permanece en nuestra casa.

Fue hecho bajo la ley, para redimir a los que están bajo la ley. Fue hecho maldición, para redimir a quienes están bajo maldición, A CAUSA de estar bajo la ley.

Pero sea quien sea el beneficiario de lo realizado, y sea lo que sea lo conseguido con su cumplimiento, no se olvide jamás el hecho de que, a fin de poder realizarlo, él tuvo que ser “hecho” lo que ya eran previamente aquellos en cuyo beneficio lo realizó.

Por lo tanto, todo aquel -en cualquier parte del mundo- que conozca el sentimiento de culpa, necesariamente conoce lo que Cristo sintió por él; y por esa razón conoce cuán cercano a él vino Jesús. Todo aquel que sabe lo que es la condenación, conoce exactamente lo que Cristo sintió por él, y comprende así cuan perfectamente capaz es Jesús de simpatizar con él y de redimirlo. Cualquiera que conozca la maldición del pecado, “cuando cualquiera sintiere la plaga de su corazón” (1 Rey. 8:38), en eso puede tener una idea exacta de cuanto Jesús experimentó por él, y de cuán plenamente se identificó Jesús -en su misma experiencia- con él.

Llevando la culpa, estando bajo condenación, y de esa forma bajo el peso de la maldición, Jesús, durante toda una vida en este mundo de culpacondenación y maldición, vivió la perfecta vida de la justicia de Dios sin pecar absolutamente jamás. Y todo hombre conocedor de la culpa, condenación y maldición del pecado, sabiendo que Jesús realmente sintió en su experiencia todo eso precisamente tal como lo siente el hombre, si además ese hombre cree en Jesús, podrá conocer por propia experiencia la bendición de la perfecta vida de justicia de Dios en su vida, redimiéndole de culpa, de condenación y de maldición, manifestándose a todo lo largo de su vida, guardándole absolutamente de pecar.

Cristo fue hecho bajo la ley, para que pudiese redimir a los que estaban bajo la ley. Y la bendita obra se cumple para toda alma que acepte una redención tal.

“Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición”. No es en vano que se hizo maldición, ya que justamente en eso radica la consecución del fin buscado, en beneficio de todo aquel que lo reciba. Todo eso se hizo “para que la bendición de Abraham fuese sobre los gentiles en Cristo Jesús; para que por la fe recibamos la promesa del Espíritu” (Gál. 3:14).

Una vez más, sea cual sea el fin buscado y su cumplimiento, debe tenerse siempre presente el hecho de que, en su condescendencia, en el anonadarse a sí mismo y ser “hecho semejante a los hombres”, y en su ser “hecho carne”, Cristo fue hecho bajo la ley, culpable -bajo condenación, bajo maldición- de una forma tan plena y real como lo es toda alma que haya de ser redimida.

Y habiendo pasado por todo ello, vino a ser el autor de eterna salvación, pudiendo salvar plenamente, aún a partir de la más profunda sima, a los que por él se allegan a Dios.

 

  1. “Hecho de mujer”

 

¿De qué forma fue Cristo hecho carne? ¿Cómo vino a participar de la naturaleza humana? Exactamente de la misma manera en que venimos a serlo cada uno de nosotros, los hijos de los hombres. Ya que está escrito: “Por cuanto los hijos [del hombre] participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo”.

“También… de lo mismo” significa “de la misma manera”, “del mismo modo”, “igualmente”. Así, participó de la “misma” carne y sangre que tienen los hombres, de la misma manera en que los hombres participan de ellas. Y esa manera es mediante el nacimiento: así es como él participó de lo mismo. Dice pues la Escritura, con toda propiedad, que “un niño nos es nacido[10].

En armonía con lo anterior, leemos que “Dios envió su Hijo, hecho de mujer” (Gál. 4:4). Habiendo sido hecho de mujer en este mundo, fue hecho de la única clase de mujer que este mundo conoce.

Pero ¿por qué debía ser hecho de mujer?, ¿por qué no de hombre (varón)? Por la sencilla razón de que ser hecho de hombre no le habría aproximado suficientemente al género humano, tal como es el género humano bajo el pecado. Fue hecho de mujer a fin de descender hasta lo último, hasta el último rincón de la naturaleza humana en su pecar.

Para conseguir eso debía ser hecho de mujer, dado que fue la mujer -y no el hombre- quien cayó primero y originalmente en la transgresión. “Adán no fue engañado, sino la mujer, siendo seducida, vino a ser envuelta en transgresión” (1 Tim. 2:14).

Si hubiese sido hecho simplemente de la descendencia del hombre, no habría alcanzado la plena profundidad del terreno del pecado, ya que la mujer pecó, de forma que el pecado estaba en el mundo, antes de que el varón pecara.

Cristo fue, pues, hecho de mujer, con el fin de poder enfrentar el gran mundo de pecado, desde el mismo punto de su entrada en él. Si hubiese sido hecho de otra cosa que no fuese de mujer, habría quedado a medio camino, lo que habría significado en realidad la total imposibilidad de redimir del pecado a los hombres.

Sería la “simiente de la mujer” quien heriría la cabeza de la serpiente; y es solamente en tanto que “simiente de la mujer”, y en tanto que “hecho de mujer”, como podría enfrentar a la serpiente en su propio terreno, precisamente allí donde entró el pecado en este mundo.

Fue la mujer -en este mundo- quien se implicó en transgresión, primeramente. Fue a través de ella como entró originalmente el pecado. Por lo tanto, para redimir del pecado a los hijos de los hombres, Aquel que sería el Redentor debía ir más allá del hombre, a encontrar el pecado que estuvo en el mundo antes que el varón pecara.

Es por eso por lo que Cristo, quien vino para redimir, fue “hecho de mujer”. Siendo “hecho de mujer” pudo seguir el rastro al pecado hasta los orígenes de su mismo punto de entrada en el mundo, a través de la mujer. Y así, para venir al encuentro del pecado en el mundo y erradicarlo hasta exterminar el último vestigio de él, es de lógica que debiese compartir la naturaleza humana, tal como es esta desde la entrada del pecado[11].

De no haber sido así, no habría habido ninguna razón por la que debiera ser “hecho de mujer“. Si no fue para venir en el más estrecho contacto con el pecado, tal como este está en el mundo, tal como está en la naturaleza humana; si hubiese tenido que separarse en el más mínimo grado de él tal como lo encontramos en la naturaleza humana, entonces no tenía por qué ser “hecho de mujer“.

Pero dado que fue hecho de mujer, no de hombre; dado que fue hecho de aquella por quien el pecado entró en el mundo en su mismo origen; y no del hombre, quien entró en el pecado después de que este hubiera ya entrado en el mundo, en esto se demuestra más allá de toda posible duda que entre Cristo y el pecado en este mundo, y entre Cristo y la naturaleza humana tal como está bajo el pecado en el mundo, no hay ningún tipo de separación, ni en el más mínimo grado. Fue hecho carne; fue hecho pecado. Fue hecho carne tal como es la carne, precisamente tal como es la carne en este mundo, y fue hecho pecado, precisamente como es el pecado.

Y todo eso fue necesario con el fin de redimir a la humanidad perdida. El separarse en lo más mínimo, en el sentido que fuese, de la naturaleza de aquellos a quienes vino a redimir, habría significado el completo fracaso.

Por lo tanto, en cuanto que fue “hecho bajo la ley”, porque bajo la ley están los que vino a redimir, y en cuanto que fue hecho maldición, ya que bajo la maldición están quienes vino a redimir, y que fue hecho pecado, porque los que vino a redimir son pecadores, “vendidos a sujeción del pecado”, precisamente así debía ser hecho carne, y la “misma” carne y sangre, porque son carne y sangre aquellos a quienes vino a redimir; y debía ser “hecho de mujer”, porque el pecado estuvo en el mundo al principio, por y en la mujer.

Por consiguiente, es cierto, sin ningún tipo de excepción, que “debía ser en todo semejante a los hermanos” (Heb. 2:17).

Si no hubiese sido hecho de la misma carne que aquellos a quienes vino a redimir, entonces no sirve absolutamente de nada el que se hiciese carne. Más aún: Puesto que la única carne que hay en este vasto mundo que vino a redimir, es esta pobre, pecaminosa y perdida carne humana que posee todo hombre, si esa no es la carne de la que él fue hecho, entonces él no vino realmente jamás almundo que necesita ser redimido. Si vino en una naturaleza humana diferente a la que existe realmente en este mundo, entonces, a pesar de haber venido, para todo fin práctico de alcanzar y auxiliar al hombre, estuvo tan lejos de él como si nunca hubiera venido. De haber sido así, hubiera estado tan lejos en su naturaleza humana y habría sido tan de otro mundo como si nunca hubiera venido al nuestro.

No hay ninguna duda de que Cristo, en su nacimiento, participó de la naturaleza de María -la “mujer” de la cual fue “hecho”-. Pero la mente carnal se resiste a admitir que Dios, en la perfección de su santidad, accediese a venir hasta la humanidad, allí donde esta está en su pecaminosidad. Por lo tanto, se han hecho esfuerzos para escapar a las consecuencias de esta gloriosa verdad que implica el desprendimiento del yo, inventando una teoría según la cual la naturaleza de la virgen María sería diferente de la del resto de la humanidad: que su carne no sería exactamente tal como la que es común a toda la humanidad. Esa invención pretende que, por cierto extraño proceso, María fue hecha diferente al resto de los seres humanos, con el particular propósito de que Cristo pudiera nacer de ella de la forma que convenía.

Tal invento culminó en lo que se conoce como el dogma católico de la inmaculada concepción. Muchos protestantes, si no la gran mayoría de ellos, junto a otros no católicos, creen que la inmaculada concepción se refiere a la concepción de Jesús por parte de la virgen María. Pero eso es un craso error. No se refiere en absoluto a la concepción de Cristo por María, sino a la concepción de la misma María, por parte de la madre de ella.

La doctrina oficial e “infalible” de la inmaculada concepción, tal como se la define solemnemente en tanto que artículo de fe, por el papa Pío IX hablando ex cathedra, el 8 de diciembre de 1854, es como sigue:

“Por la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los benditos apóstoles Pedro y Pablo, y por nuestra propia autoridad, declaramos, pronunciamos y definimos que la doctrina que sostiene que la muy bendita virgen María, en el primer instante de su concepción, por una gracia y privilegio especiales del Dios Todopoderoso, a la vista de los méritos de Jesús, el salvador de la humanidad, fue preservada libre de toda tacha de pecado original, es una doctrina que ha sido revelada por Dios, y por lo tanto, debe ser sólida y firmemente creída por todos los fieles.

Por lo tanto, si alguien pretendiera -cosa que Dios impida- pensar en su corazón de forma diferente a la que nosotros hemos definido, sepa y entienda que su propio juicio lo condena, que su fe naufragó y que ha caído de la unidad de la Iglesia” (Catholic Belief, p. 14).

Escritores católicos definen ese concepto en los siguientes términos:

El antiguo escrito, “De Nativitate Christi”, encontrado en las obras de San Cipriano, dice: Siendo que [María] era “muy diferente del resto del género humano, le fue comunicada la naturaleza humana, pero no el pecado“.

Teodoro, patriarca de Jerusalén, dijo en el segundo concilio de Niza que María:

“es verdaderamente la madre de Dios, y virgen antes y después del parto; y fue creada en una condición más sublime y gloriosa que toda otra naturaleza, sea esta intelectual o corporal” (Id., p. 216 y 217).

Eso sitúa llanamente la naturaleza de María más allá de toda posible semejanza o relación con el género humano o la naturaleza humana, tal como esta es. Teniendo lo anterior claramente presente, sigamos esa invención en su paso siguiente. Será en las palabras del cardenal Gibbons:

“Afirmamos que la segunda persona de la bendita Trinidad, el Verbo de Dios, quien es en su naturaleza divina, desde la eternidad, engendrado del Padre, consubstancial con él, venido el cumplimiento del tiempo fue nuevamente engendrado al nacer de la virgen, tomando de esa forma para sí mismo, de la matriz materna, una naturaleza humana de la misma sustancia que la de ella. En la medida en que el sublime misterio de la encarnación puede ser reflejado por el orden natural, la bienaventurada virgen María, bajo la intervención del Espíritu Santo, comunicando a la segunda persona de la trinidad, tal como hace toda madre, una verdadera naturaleza humana de la misma sustancia que la suya propia, es real y verdaderamente su madre” (Faith of Our Fathers, p. 198 y 199).

Ahora relacionemos ambas cosas. En primer lugar, vemos la naturaleza de María definida como siendo no sólo “muy diferente del resto del género humano”, sino “más sublime y gloriosa que toda otra naturaleza”, situándola así infinitamente más allá de toda semejanza o relación con el género humano, tal como realmente somos.

En segundo lugar, se describe a Jesús tomando de María una naturaleza humana de la misma sustancia que ella.

Según esa teoría, se deduce -como que dos y dos suman cuatro- que en su naturaleza humana el Señor Jesús es “muy diferente” del resto de la humanidad; verdaderamente su naturaleza no es la humana en absoluto.

Tal es la doctrina católica romana sobre la naturaleza humana de Cristo. Consiste simplemente en que esa naturaleza no es de ninguna manera la naturaleza humana, sino la divina: “más sublime y gloriosa que toda otra naturaleza”. Consiste en que, en su naturaleza humana, Cristo estuvo hasta tal punto separado del género humano como para ser totalmente diferente del resto de la humanidad: que la suya fue una naturaleza en la cual no pudo tener ninguna clase de identificación de sentimientos con los hombres.

Pero esa no es la fe de Jesús. La fe de Jesús es: “por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo“.

La fe de Jesús es que Dios envió a su Hijo “en semejanza de carne de pecado“.

La fe de Jesús es que “debía ser en todo semejante a los hermanos“.

Es que “Él mismo tomó nuestras enfermedades”, y que se puede “compadecer de nuestras flaquezas”, habiendo sido tentado en todos los respectos de igual forma en que lo somos nosotros. Si no hubiese sido como nosotros, no habría podido ser tentado como lo somos nosotros. Pero él fue “tentado en todo según nuestra semejanza”. Por lo tanto, fue “en todo” “según nuestra semejanza”.

En las citas que en este capítulo hemos dado sobre la fe católica, hemos presentado la postura de Roma a propósito de la naturaleza de Cristo y de María. En el segundo capítulo de Hebreos y pasajes similares de la Escritura vemos reflejada, y en este estudio nos hemos esforzado por exponerla de la forma en que la Biblia la presenta, la fe de Jesús al respecto de su naturaleza humana.

La fe de Roma en relación con la naturaleza de Cristo y de María, y también de nuestra naturaleza, parte de esa noción de la mente natural según la cual Dios es demasiado puro y santo como para morar con nosotros y en nosotros, en nuestra naturaleza humana pecaminosa: tan pecaminosos como somos, estamos demasiado distantes de él en su pureza y santidad, demasiado distantes como para que él pueda venir a nosotros tal como somos.

La verdadera fe -la fe de Jesús- es que, alejados de Dios como estamos en nuestra pecaminosidad, en nuestra naturaleza humana que él tomó, vino a nosotros justamente allí donde estamos; que, infinitamente puro y santo como es él, y pecaminosos, degradados y perdidos como estamos nosotros, Dios, en Cristo, a través de su Espíritu Santo, quiere voluntariamente morar con nosotros y en nosotros para salvarnos, para purificarnos, y para hacernos santos.

La fe de Roma es que debemos necesariamente ser puros y santos a fin de que Dios pueda morar con nosotros.

La fe de Jesús es que Dios debe necesariamente morar con nosotros y en nosotros, a fin de que podamos ser puros y santos.

 

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[1] Mateo 24.22.

[2] Eventos de los Últimos Días, p. 223.

[3] El soberano del universo no estaba solo en su obra benéfica. Tuvo un compañero, un colaborador que podía apreciar sus designios, y que podía compartir su regocijo al brindar felicidad a los seres creados. “En el principio era el Verbo, el Verbo estaba con Dios y el Verbo era Dios. Este estaba en el principio con Dios”. Juan 1:1, 2. Cristo, el Verbo, el Unigénito de Dios, era uno solo con el Padre eterno, uno solo en naturaleza, en carácter y en propósitos; era el único ser que podía penetrar en todos los designios y fines de Dios. “Se llamará su nombre “Admirable consejero”, “Dios fuerte”, “Padre eterno”, “Príncipe de paz””. “Sus orígenes se remontan al inicio de los tiempos, a los días de la eternidad”. Isaías 9:6; Miqueas 5:2. Y el Hijo de Dios, hablando de sí mismo, declara: “Jehová me poseía en el principio, ya de antiguo, antes de sus obras. Eternamente tuve la primacía, […] cuando establecía los fundamentos de la tierra, con él estaba yo ordenándolo todo. Yo era su delicia cada día y me recreaba delante de él en todo tiempo”. Proverbios 8:22-30. {PP 12.2; PP.34.1}

[4] Para este pionero del mensaje de 1888, la palabra “Dios” NO es un título, sino que es un nombre. Lo mismo dice la Biblia que dice que el nombre de Jesús es: Admirable, consejero, Padre eterno, etc. (Isaías 9.6). Esos son nombres de Dios (Nota del Editor).

[5] La razón de esta herencia la dice Pablo allí mismoHecho tanto más excelente que los ángeles, cuanto alcanzó por herencia más excelente nombre que ellos. Porque ¿á cuál de los ángeles dijo Dios jamás: Mi hijo eres tú, hoy yo te he engendrado? (Heb 1:4-5). Heredó ese nombre porque Jehová Dios lo engendró. Por eso es su Padre (Nota del Editor).

[6] Otro de los protagonistas del mensaje de 1888 escribió: “El Verbo existía “en el principio”. La mente del hombre no puede abarcar las edades que están comprendidas en esta frase. No le es dado al ser humano el saber cuándo o cómo el Hijo fue engendrado; pero sabemos que era el Verbo divino, no únicamente antes de que viniera a este mundo a morir, sino incluso antes de que el mundo fuera creado” (E. J. Waggoner, Cristo y su Justicia, cap. 1, Cómo consideraremos a Cristo).

“Es cierto que hay muchos hijos de Dios, pero Cristo es el “Unigénito Hijo de Dios” y, por lo tanto, es el Hijo de Dios en un sentido en el que ningún otro lo ha sido, ni lo pudiera ser nunca. Los ángeles son hijos de Dios, como lo fue Adán por creación (Job 38:7; Lucas 3:38); los cristianos son hijos de Dios por adopción (Rom. 8:14 y 15); pero Cristo es el Hijo de Dios por nacimiento.” (E. J. Waggoner, Cristo y su Justicia, cap. 2, ¿Es Cristo Dios?)

[7] LO dicho antes por Jones y Waggoner lo confirma la profetiza, que Jesús fue engendrado: “-Que ha dado a su Hijo unigénito- no un hijo por creación, como lo son los ángeles, no un hijo por adopción, como lo son los pecadores perdonados, sino un Hijo engendrado en la expresa imagen de la persona del Padre” (E. G. White; Signs of the Times 30/5/1895).

[8] Este capítulo aborda un punto importante del mensaje de 1888: La Ley en Gálatas, ¿era la moral o ceremonial? Esto fue un punto en debate en esas conferencias. EGW luego respondió: “SE ME pregunta acerca de la ley en Gálatas. ¿Cuál ley es el ayo para llevarnos a Cristo? Contesto: Ambas, la ceremonial y el código moral de los Diez Mandamientos…  “La ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe”. Gálatas 3:24. El Espíritu Santo está hablando especialmente de la ley moral en este texto, mediante el apóstol. La ley nos revela el pecado y nos hace sentir nuestra necesidad de Cristo y de acudir a él en procura de perdón y paz mediante el arrepentimiento ante Dios y la fe en nuestro Señor Jesucristo. La falta de voluntad para renunciar a opiniones preconcebidas y aceptar esta verdad fue la principal base de la oposición manifestada en Minneápolis contra el mensaje del Señor expuesto por los hermanos [E. J.] Waggoner y [A. T.] Jones. Suscitando esa oposición, Satanás tuvo éxito en impedir que fluyera hacia nuestros hermanos, en gran medida, el poder especial del Espíritu Santo que Dios anhelaba impartirles.  {1MS 274-276; 1SM.234.5} Nota del Editor.

[9] HAY DOS CITAS QUE DICEN QUE JESÚS EXPERIMENTÓ LA CULPA ANTES DEL GETSEMANÍ: Esta cita nos habla de la tentación en el desierto: “Las seducciones que Cristo resistió son las mismas que nosotros encontramos tan difíciles de resistir. Le fueron infligidas en un grado tanto mayor cuanto más elevado es su carácter que el nuestro. Llevando sobre sí el terrible peso de los pecados del mundo, Cristo resistió la prueba del apetito, del amor al mundo, y del amor a la ostentación que conduce a la presunción. Estas fueron las tentaciones que vencieron a Adán y Eva, y que tan fácilmente nos vencen a nosotros. {DTG 91.2; DA.116.4}

Y en esta otra confirma que Jesús experimentó el sentimiento de culpa de la intemperancia: “No fueron sólo los corrosivos dolores del hambre lo que hicieron los sufrimientos de nuestro Redentor tan indeciblemente severos. Fue el sentido de culpa que había resultado de la indulgencia del apetito, que había traído un mal tan terrible al mundo, lo que hacía una presión tan pesada sobre su alma divina… Con la naturaleza del hombre y con la terrible carga de los pecados pesando sobre él, nuestro Redentor hizo frente al poder de Satanás en esta gran tentación inicial que pone en peligro las almas de los hombres. Si el hombre podía vencer esta tentación, podía triunfar en cualquier otro punto. {DNC 177.6; OFC.157.6} (ver también 1MS 318)

[10] Isaías 9.6

[11] EGW manifiesta que todo descendiente de Adán hereda la culpa del pecado de Adán: “Tenemos motivo de incesante gratitud a Dios porque Cristo, por su perfecta obediencia, reconquistó el cielo que Adán perdió por su desobediencia. Adán pecó, y los descendientes de Adán comparten su culpa y las consecuencias; pero Jesús cargó con la culpa de Adán, y todos los descendientes de Adán que se refugien en Cristo, el segundo Adán, pueden escapar de la penalidad de la transgresión” { FO 91.1; FW.88.3 }

 

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